Ayer me sentí muy como los hombres de las películas románticas cuando les dicen que el amor de su vida se va a ir lejos y no lo van a volver a ver nunca más, y entonces salen corriendo detrás de ella, intentando llegar antes de que se vaya.
Solo que, en mi caso, no había una estación de tren, ni una despedida bajo la lluvia, ni música dramática de fondo, había una terminal de buses y yo intentando no perder el mío.
Al mediodía, mi amiga me escribió para decirme que estaba terminando de juntar sus cosas porque tenía que irse a su casa, su gato estaba enfermo y quería volver cuanto antes. Y yo, que vivo a casi una hora de la terminal y que además tengo que lidiar con los gloriosos horarios de fin de semana del transporte, hice lo único que se me ocurrió: arreglarme a toda velocidad y salir corriendo a la parada del bus con la esperanza de llegar a la terminal antes que ella, o al menos antes de que se fuera.
Creo que nunca me había preparado tan rápido para salir de casa.
En mi cabeza, claramente, era una de esas escenas donde el protagonista corre desesperado mientras piensa “no puede irse todavía”. La realidad era bastante menos cinematográfica: yo mirando la hora cada treinta segundos, calculando conexiones y preguntándome si el próximo bus realmente iba a aparecer.
Pero la intención estaba.
Y supongo que eso es lo gracioso del asunto, no estaba corriendo detrás del amor de mi vida, estaba corriendo detrás de mi amiga porque quería verla aunque fueran unos minutos antes de que se fuera.
Después de correr hasta la parada, milagrosamente no tuve que esperar demasiado para que pasara un bus que me llevaba directo a la terminal, el único pequeño detalle era que era el que hacía el recorrido más largo. Mi amiga se iba a las 14:00 y yo, mientras estaba arriba del bus, prácticamente le estaba rogando por mensajes que me esperara, que ya iba a llegar, que por favor no se fuera todavía. Yo estaba completamente convencida de que iba a lograrlo, aunque matemáticamente no tenía demasiado sentido.
Finalmente, bajé del ómnibus a las 13:45.
Y ahí empezó la verdadera escena de película.