¿Por qué septiembre es amarillo?
Quizás antes de hablar de todo lo que significa este mes, vale la pena preguntarse algo bastante sencillo: ¿por qué septiembre? ¿Y por qué amarillo?
La historia comienza en Estados Unidos, a mediados de los años noventa, con un adolescente llamado Mike Emme. Mike tenía 17 años y era conocido por quienes lo rodeaban como un chico alegre, cariñoso y muy habilidoso para arreglar cosas. Una de sus grandes pasiones eran los autos, junto con su familia había restaurado un Ford Mustang de 1968, un proyecto en el que había trabajado durante bastante tiempo. Cuando terminaron de restaurarlo, Mike decidió pintarlo de amarillo.
El auto terminó siendo tan característico que sus amigos comenzaron a asociarlo directamente con ese color, era simplemente "el Mustang amarillo de Mike".
Pero en septiembre de 1994, Mike murió por suicidio.
Su familia y sus amigos quedaron completamente devastados y, como suele suceder cuando perdemos a alguien, aparecieron también preguntas que ya no podían ser respondidas, entre ellas, una especialmente dolorosa: ¿cómo no nos dimos cuenta de que necesitaba ayuda?
Poco después de su muerte, durante el funeral, sus familiares y amigos decidieron hacer algo que terminaría teniendo consecuencias mucho más grandes de lo que podían imaginar. Prepararon cientos de pequeñas tarjetas con un mensaje que animaba a las personas que estuvieran atravesando una crisis a buscar ayuda, junto a ellas colocaron cintas amarillas, inspiradas en aquel Mustang que tanto había representado a Mike.
La idea era sencilla.
Si alguien encontraba una de esas tarjetas, podía entender que pedir ayuda no era algo de lo que tuviera que avergonzarse, y si alguien necesitaba hablar, podía acercarse. Lo que comenzó como un gesto de un grupo de personas que acababan de perder a alguien querido empezó a expandirse, las cintas amarillas comenzaron a aparecer en otras comunidades y muchas personas comenzaron a utilizarlas como una forma de expresar apoyo y generar conversaciones sobre la prevención del suicidio.
Con el tiempo nació Yellow Ribbon, una iniciativa que continuó desarrollando programas de prevención y concientización, el símbolo amarillo comenzó a adquirir un significado que iba mucho más allá de un automóvil.
Y hay algo de esta historia que me resulta especialmente difícil de olvidar.
El símbolo no nació de una campaña perfectamente organizada.
Nació del recuerdo de un chico.
De un auto amarillo.
De una familia intentando encontrar alguna manera de transformar una pérdida dolorosa en algo que pudiera ayudar a otras personas.
Y quizás por eso el amarillo terminó teniendo tanto significado.
Porque detrás del símbolo hay una historia sobre algo que muchas veces olvidamos: no siempre sabemos lo que está pasando dentro de alguien que queremos.
Mike tenía amigos. Tenía familia. Tenía personas que lo querían.
Y aun así, quienes lo rodeaban sintieron después que no habían podido reconocer cuánto necesitaba ayuda.
Eso no significa que las personas cercanas tengan la capacidad de saberlo todo, tampoco significa que una tragedia pueda reducirse a una única señal que alguien simplemente debería haber visto, la realidad es muchísimo más compleja que eso.
Pero sí nos deja una pregunta importante:
¿Qué pasaría si aprendiéramos a hablar un poco más de estas cosas antes de que alguien llegue a sentirse completamente solo?
Quizás por eso septiembre se convirtió en un momento para detenernos y prestar atención. No para vivir todo el mes con miedo, no para mirar a cada persona preguntándonos qué estará escondiendo, sino para recordar que hablar sobre salud mental debería ser algo cotidiano y no una conversación que solamente aparece cuando llega septiembre.
Porque al final, una cinta amarilla es solamente una cinta.
Lo verdaderamente importante es aquello que intenta representar: que podemos preguntar, escuchar, acompañar y recordar que pedir ayuda también es una forma de cuidarnos.
Y tal vez esa sea la parte más bonita, aunque también más triste, de la historia de Mike.
Que de algo que comenzó como un recuerdo muy personal terminó naciendo un símbolo que llegó a muchísimas personas, un pequeño pedazo de color amarillo que, con el tiempo, empezó a decir algo mucho más grande:
"No tienes que guardar todo esto para ti."
Pero Septiembre Amarillo no debería quedarse solamente en la historia de una cinta, porque detrás de ella hay una conversación muchísimo más grande: la salud mental. Y creo que durante mucho tiempo aprendimos a hablar de la salud como si solamente pudiera verse, si alguien se rompe un brazo, entendemos que necesita ayuda, si alguien tiene fiebre, le preguntamos cómo se siente, si alguien se lastima, buscamos una manera de cuidarlo, pero cuando lo que duele no se puede ver, todo parece volverse un poco más complicado.
A veces incluso nosotros mismos dudamos de si tenemos derecho a sentirnos mal.
"Hay personas que están peor."
"Yo debería poder manejarlo."
"Seguro se me pasa."
"Es solamente estrés."
"Estoy exagerando."
Son frases que probablemente todos hemos escuchado alguna vez. Algunas incluso nos las decimos nosotros mismos y tal vez una de las cosas más dañinas sea esa costumbre de comparar nuestro dolor con el de otras personas, como si para poder sentirnos mal necesitáramos demostrar que lo nuestro es suficientemente grave.
Pero el dolor no funciona así.
No necesitamos ganar una competencia imaginaria de quién está peor para merecer ayuda. La salud mental también forma parte de nuestra salud y cuidarla no debería ser algo reservado únicamente para los momentos en los que sentimos que ya no podemos más, también puede significar prestar atención a cómo estamos, reconocer cuando llevamos demasiado tiempo sintiéndonos agotados, darnos permiso para descansar, hablar con alguien, buscar ayuda profesional cuando la necesitamos, aprender a poner límites, aceptar que algunas cosas nos afectan y entender que pedir ayuda no nos convierte en personas débiles.
Creo que esa última parte es especialmente importante.
Hay una idea bastante instalada de que deberíamos poder resolverlo todo solos, que ser fuertes significa aguantar, que tenemos que seguir funcionando aunque por dentro estemos completamente agotados, como si pedir ayuda fuera admitir que fracasamos.
Pero quizás sea exactamente al revés.
Tal vez reconocer que necesitamos ayuda requiere mucha más valentía que fingir que todo está bien.
Y también está la otra parte: cómo acompañamos a los demás.
Porque muchas veces queremos ayudar, pero no sabemos cómo, nos da miedo decir algo incorrecto, tenemos miedo de meternos donde no nos llaman, no sabemos qué responder cuando alguien nos cuenta que no está pasando por un buen momento y entonces terminamos diciendo cosas como "todo va a estar bien" o "tienes que pensar positivo", aunque probablemente lo hagamos con la mejor intención del mundo, pero no siempre necesitamos encontrar una solución, a veces necesitamos simplemente escuchar, preguntar, tomarnos en serio lo que la otra persona está diciendo, no hacer bromas con aquello que para alguien puede ser muy difícil, no decirle que está exagerando y entender que acompañar a alguien tampoco significa que tengamos que cargar solos con lo que le pasa. Podemos estar para una persona y, al mismo tiempo, animarla a buscar ayuda de alguien que tenga las herramientas necesarias para acompañarla profesionalmente.
Porque querer a alguien no siempre significa saber cómo ayudarlo.
Y eso también está bien.
Creo que todavía nos queda muchísimo por aprender sobre salud mental, todavía hay personas que sienten vergüenza de ir a terapia, personas que tienen miedo de contar cómo se sienten, personas que creen que pedir ayuda significa que algo está mal con ellas.
Y también existe esa versión mucho más silenciosa de la salud mental: la de las personas que siguen yendo a clase, entregando trabajos, respondiendo mensajes, saliendo con sus amigos y riéndose en una foto mientras por dentro están pasando por algo que nadie conoce.
Por eso creo que deberíamos dejar de pensar en la salud mental solamente como una conversación para los momentos extremos, también está en nuestra vida cotidiana, en cómo dormimos, en cuánto descansamos, en cómo nos hablamos a nosotros mismos, en las expectativas que nos ponemos, en la presión de sentir que tenemos que tener nuestra vida resuelta, en aprender a decir "no puedo con esto ahora", en permitirnos tener un día malo sin sentir que hemos arruinado toda la semana y quizás también en algo tan sencillo como preguntar sinceramente:
"¿Cómo estás?"
Y esperar, esperar de verdad, porque tal vez la persona que tenemos delante no necesita que le arreglemos la vida, tal vez solamente necesita saber que puede decir la verdad, que puede decir "no estoy bien" sin sentir que decepcionó a alguien, que puede pedir ayuda sin tener que explicar por qué su dolor merece ser escuchado.
Y me gustaría que esa fuera una de las cosas que nos llevemos de septiembre.
No solamente el amarillo, no solamente las publicaciones que aparecen durante unas semanas, sino la idea de que la salud mental merece espacio durante todo el año, que podemos hablar de ella sin vergüenza, que podemos preguntar sin miedo, que podemos escuchar sin intentar tener siempre una respuesta y que también podemos recordar algo que muchas veces olvidamos:
cuidarnos no es esperar a estar completamente agotados para empezar a hacerlo.
Quizás cuidarnos sea prestar atención un poco antes.
Y tal vez cuidar a los demás sea aprender a mirar un poco más allá de lo que se ve.
Porque nunca sabemos qué batalla está atravesando alguien en silencio.
Y aunque no podamos solucionar todo lo que le pasa a otra persona, sí podemos hacer algo pequeño.
Podemos escuchar, podemos acompañar, podemos tomarla en serio, podemos decirle que buscar ayuda está bien y podemos quedarnos un rato más, no porque tengamos todas las respuestas, sino porque a veces, en un mundo que nos enseña constantemente a seguir adelante, también necesitamos recordar que no tenemos que hacerlo todo solos.
Y todo esto lo está diciendo alguien que no tiene una red de apoyo demasiado estable, alguien cuya lista de personas a las que puede decirles "no estoy bien" es bastante corta, tan corta que, si tuviera que hacer una lista, probablemente terminaría en un solo nombre.
Una amiga.
Por suerte, una de esas amigas que no necesita que le explique demasiado, que si le digo que estoy teniendo un día horrible, es capaz de dejar todo, inventar cualquier plan y aparecer con alguna excusa para sacarme de casa antes de que empiece a pensar demasiado, a veces es salir a caminar, a veces comprar algo para comer, a veces simplemente sentarnos en algún lugar y hablar de absolutamente cualquier cosa menos de aquello que me estaba haciendo mal y quizás eso también sea una forma de cuidar.
No siempre necesitamos una conversación profunda, a veces necesitamos que alguien nos recuerde que existe un mundo afuera de nuestra cabeza.
Lo escribe alguien que, en algún momento, tuvo que dejar de funcionar para finalmente buscar ayuda. Y lo curioso es que, después de tanto tiempo, todavía no sé muy bien cómo decir cuando las cosas están mal, me cuesta, me cuesta muchísimo, supongo que aprendí a funcionar antes que a hablar, a seguir adelante antes que a detenerme, a decir "estoy cansada" cuando en realidad no sabía explicar qué me estaba pasando, a esperar a que las cosas fueran demasiado evidentes antes de aceptar que quizás necesitaba ayuda.
Lo escribe una persona que tuvo una infancia difícil, una persona cuyos padres no son realmente las personas a las que recurre cuando las cosas están muy mal, no porque sean malos padres, no porque no los quiera y tampoco porque no me quieran, simplemente nunca aprendí a hablar de ciertas cosas con ellos.
Y quizás, pensándolo ahora, hay una parte de mí que entiende por qué.
Tal vez ellos también tienen cosas que sanar antes de poder ayudarme a sanar a mí, tal vez algunas heridas pasan de una generación a otra sin que nadie las elija, tal vez los adultos que nos criaron también estaban intentando hacer lo mejor que podían con las herramientas que tenían, y aún así, eso no significa que algunas cosas no hayan dolido. Durante mucho tiempo pensé que reconocer eso significaba culparlos, ahora creo que no necesariamente.
Puedo quererlos y, al mismo tiempo, reconocer que hay cosas que no puedo hablar con ellos, puedo entender sus propias dificultades y también aceptar que algunas de las mías siguen necesitando espacio.
Y lo curioso es que ellos también tuvieron que verme llegar a un punto en el que ya no podía seguir funcionando como antes para darse cuenta de que necesitaba ayuda, como si hasta ese momento todo estuviera bien porque yo seguía haciendo mis cosas, iba a clase, hacía trabajos, contestaba mensajes, me levantaba todos los días, funcionaba. Y eso me recuerda mucho a lo que escribí en la entrada sobre Frank Langdon “Y creo que ahí está lo verdaderamente incómodo del personaje, no en que haya conseguido funcionar durante tanto tiempo, sino en que, mientras funcionaba, nadie, ni siquiera él mismo, tuvo demasiadas razones para detenerse y preguntarse si realmente estaba bien. Y tal vez esa sea la diferencia entre funcionar y estar bien. Una persona puede hacer perfectamente todo lo que se espera de ella y aun así necesitar que alguien, alguna vez, le pregunte cómo está.”
Y supongo que esa es una de las cosas más engañosas de la salud mental, que muchas veces creemos que mientras una persona siga funcionando, entonces está bien, como si estar de pie fuera suficiente prueba de que alguien no necesita que lo sostengan.
Lo escribe también alguien que hizo llorar a su psicóloga en la primera sesión.
Y todavía no entiendo del todo por qué.
Recuerdo estar ahí, hablando de cosas que para mí eran simplemente parte de mi historia, cosas que llevaba tanto tiempo cargando que habían dejado de parecerme extraordinarias.
Y entonces ella lloró.
Y yo pensé:
"¿Pero por qué estás llorando? Si esto es solo el principio."
Creo que esa frase dice bastante de cómo había aprendido a mirar mis propias experiencias.
Para mí, aquello era apenas el comienzo, no entendía qué podía haber de tan triste en una historia que yo llevaba años contando dentro de mi cabeza como si fuera completamente normal. Quizás porque cuando creces acostumbrándote a ciertas cosas, dejas de preguntarte si deberían haber ocurrido, se vuelven parte del paisaje, parte de quién eres, parte de la explicación que utilizas para entenderte. Y recién cuando otra persona te escucha desde afuera, quizás puedes empezar a darte cuenta de que algunas cosas que tú llamabas "normales" nunca deberían haber tenido que ser soportadas en silencio.
Por eso escribir sobre salud mental desde este lugar se siente un poco extraño, porque no estoy escribiendo como alguien que tiene todo resuelto, no tengo una gran conclusión, no aprendí a reconocer inmediatamente cuando necesito ayuda, todavía hay días en los que me cuesta decir "esto me está superando", todavía hay cosas que me guardo demasiado tiempo, todavía estoy aprendiendo a reconocer cuándo necesito parar antes de llegar al punto en el que ya no puedo más.
Pero quizás justamente por eso quería escribir esto.
Porque hablar de salud mental no debería significar hablar solamente desde la recuperación perfecta, también podemos hablar desde el proceso, desde el "todavía estoy aprendiendo", desde el "todavía no sé cómo hacer esto", desde el "sé que necesito ayuda, aunque me cueste pedirla", y quizás esa sea una de las razones por las que septiembre me hace pensar tanto, porque detrás de todos los mensajes sobre escuchar, acompañar y pedir ayuda, también existe una realidad mucho menos ordenada:
Hay personas que no saben a quién llamar, personas que no tienen una red de apoyo enorme, personas que aprendieron a esconder lo que sienten, personas que tardaron muchísimo tiempo en entender que lo que estaban viviendo merecía ser escuchado, y hay personas como yo, que todavía están aprendiendo a reconocer cuándo necesitan que alguien se quede un rato.
No sé si algún día voy a aprender a decirlo antes de que sea demasiado evidente.
Espero que sí.
Pero por ahora, supongo que también cuenta poder reconocerlo después, poder decir: "necesitaba ayuda", poder mirar hacia atrás y entender que pedirla no fue fracasar, fue, quizás, una de las primeras veces que decidí que yo también merecía ser cuidada.
Y quizás por eso, después de escribir todo esto, sigo pensando en aquella pequeña cinta amarilla, en cómo algo tan pequeño terminó convirtiéndose en un símbolo para hablar de cosas que muchas veces nos cuesta muchísimo decir en voz alta.
No creo que una cinta pueda solucionar nada, tampoco creo que una publicación, una frase bonita o un mes entero dedicado a hablar de salud mental pueda hacerlo, pero quizás sí puedan abrir una puerta, una conversación, un "¿cómo estás?" que esta vez no sea solamente una pregunta automática, un mensaje que alguien se anime a mandar, una persona que finalmente diga "necesito ayuda".
Y quizás eso sea suficiente para empezar.
No sé si después de todo este tiempo aprendí realmente a cuidarme, creo que todavía estoy aprendiendo, todavía me cuesta reconocer cuándo necesito parar, todavía me cuesta pedir ayuda antes de llegar al límite, todavía hay cosas que no sé cómo explicar.
Pero ahora sé algo que antes no sabía.
Que no tengo que entender completamente lo que me pasa para poder hablar de ello, que no tengo que esperar a estar peor para pedir ayuda y que haber necesitado que alguien me viera tocar fondo no significa que haya sido débil, significa que, en algún momento, alguien finalmente pudo ver algo que yo llevaba demasiado tiempo intentando esconder incluso de mí misma.
Así que supongo que este septiembre no quiero quedarme solamente con el amarillo, quiero quedarme con la pregunta, con la posibilidad de preguntar y escuchar la respuesta, con la posibilidad de decir "no estoy bien" sin sentir que tengo que pedir perdón por ello y, sobre todo, con la idea de que quizá cuidarnos también consiste en dejar que otras personas nos cuiden cuando nosotros solos ya no sabemos cómo hacerlo.
Porque al final, nadie debería tener que esperar a romperse para descubrir que merecía ayuda.
Y si alguna vez me olvido de eso, espero que septiembre vuelva a recordármelo.
Aunque sea solamente con un pequeño destello amarillo entre tantas otras cosas.
Porque todavía estamos aprendiendo.
Y creo que eso también cuenta.

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