Ayer, 1.º de septiembre, pasó algo en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, en Uruguay, que probablemente muchas personas todavía estén intentando procesar. Una estudiante de 19 años fue atacada por un compañero de su misma edad dentro del edificio anexo de la Facultad de Medicina, en la tarde, poco después de terminar una clase, la joven tuvo que ser trasladada a un centro asistencial y, según informó el decano de la Facultad, se encuentra fuera de peligro. El estudiante fue detenido por la Policía.
El caso está siendo investigado por la Fiscalía y la Policía bajo la hipótesis de una tentativa de femicidio, las autoridades señalaron que, hasta el momento, no existía un vínculo entre ambos más allá de ser compañeros de Facultad.
Después de lo ocurrido, el edificio fue desalojado y las clases fueron suspendidas. Hoy, la Asociación de Estudiantes de Medicina convocó a un paro de 24 horas y a una movilización frente a la Facultad, planteando que lo ocurrido no puede entenderse simplemente como un hecho aislado, sino también como una situación que obliga a discutir la violencia de género y las condiciones de seguridad dentro de los espacios educativos.
Y creo que es importante detenernos un segundo acá.
Porque podría escribir sobre lo ocurrido como una noticia más, podría contar qué pasó, dónde pasó, quién fue detenido y qué está investigando la Justicia.
Pero no quiero que esta entrada sea solamente eso.
Porque yo no me enteré de esto cuando apareció en las noticias.
Me enteré antes.
Horas antes de que los medios empezaran a publicar lo que había pasado, la información ya circulaba entre estudiantes por grupos de WhatsApp. Primero fueron mensajes, después audios de personas que habían estado ahí, imágenes, el nombre del agresor, fotografías de su rostro, fotos del lugar donde había ocurrido todo.
La noticia oficial todavía no existía, pero para nosotros ya estaba pasando.
Y hay algo bastante extraño en enterarte de una situación así de esa manera, porque no recibís una noticia ordenada, escrita por un periodista, con una explicación de lo ocurrido y todos los datos puestos en contexto. Recibís fragmentos, un audio,una foto, un mensaje que dice que pasó algo grave, otro que intenta explicar qué ocurrió, alguien preguntando si alguien conoce a la persona involucrada, otro diciendo que por favor no compartan determinada imagen y, de repente, una situación que todavía está ocurriendo empieza a convertirse en información que pasa de teléfono en teléfono.
Creo que eso fue una de las cosas que más me impresionó.
La sensación de estar viendo cómo una noticia nacía delante nuestro, antes de que se transformara en noticia, y también la sensación de no saber exactamente qué hacer con toda esa información, porque cuando algo así sucede dentro de una comunidad universitaria, no somos espectadores completamente ajenos, son nuestros espacios, son nuestras facultades, son nuestros compañeros, podríamos conocer a alguna de las personas involucradas o cruzarnos con ellas todos los días sin siquiera saberlo.
Ella es una estudiante.
No una persona que estaba en un lugar extraño o haciendo algo extraordinario, que tampoco debería ser una justificación, es una estudiante que estaba en su facultad.
Y quizás eso es lo que hace que esta noticia se sienta tan cercana.
Las facultades son lugares que habitamos casi todos los días, entramos pensando en una clase, en un parcial, en una entrega, en si llegamos a tiempo o en qué vamos a comer después. Nos cruzamos con las mismas personas en los pasillos, nos sentamos en salones, hacemos trabajos, conocemos compañeros.
Son espacios que deberían sentirse cotidianos.
Seguros.
Y ayer, dentro de uno de esos espacios, una estudiante fue víctima de una violencia que nunca debería formar parte de la experiencia de nadie.
Y ahí fue cuando pensé que esto no podía ser solamente otra noticia que vemos, comentamos durante unos días y después olvidamos.
Porque pasó en una facultad.
En un lugar que, para quienes estudiamos, forma parte de nuestra vida cotidiana.
Y eso hace que la pregunta deje de ser solamente “¿cómo pudo pasar?”
También tenemos que preguntarnos:
¿qué significa que haya pasado ahí?
Porque una facultad no es solamente un edificio, es un lugar al que entramos casi todos los días sin pensar demasiado en ello, llegamos apurados porque estamos llegando tarde a clase, nos encontramos con compañeros en los pasillos, nos sentamos durante horas en un salón, vamos a comprar algo para comer, nos quejamos de una entrega, estudiamos para un parcial y después volvemos a casa.
Es rutina.
Y quizás justamente por eso cuesta tanto asimilar que algo así pueda ocurrir ahí.
Hay lugares que, sin darnos cuenta, asociamos con cierta tranquilidad. La facultad es uno de ellos, no porque necesariamente sea un espacio perfecto o porque nunca haya ocurrido nada malo antes, sino porque vamos ahí a estudiar, a construir algo para nuestro futuro.
No vamos pensando que tenemos que estar alerta.
O al menos no deberíamos.
Y sin embargo, después de ayer, creo que es inevitable que muchas estudiantes vuelvan a entrar a sus facultades mirando un poco distinto, quizás mirando más a su alrededor, quizás preguntándose quién está sentado cerca, quizás recordando alguna situación incómoda que habían decidido dejar pasar, quizás pensando en esa persona que alguna vez las hizo sentir incómodas y a la que terminaron justificando porque "seguramente no era para tanto".
Y eso también es parte de lo que deja un hecho así.
No solamente el miedo del momento.
También cambia, aunque sea un poco, la forma en la que habitamos los lugares.
Y me parece especialmente injusto que las mujeres tengamos que aprender eso tan temprano.
Aprender a mirar quién viene detrás, a mandar un mensaje cuando llegamos, a compartir nuestra ubicación, a pensar dos veces si volvemos solas, a reconocer determinadas actitudes, a preguntarnos si estamos exagerando cuando algo nos incomoda, a aprender qué hacer "por las dudas".
Siempre por las dudas.
Como si fuera nuestra responsabilidad anticiparnos a la violencia.
Y no debería ser así.
No debería ser responsabilidad de una estudiante saber cómo evitar que un compañero la agreda, no debería ser responsabilidad de una mujer modificar su manera de vestirse, caminar, hablar, volver a casa o relacionarse para reducir las posibilidades de que alguien decida hacerle daño.
La responsabilidad es de quien ejerce la violencia.
Y también existe una responsabilidad colectiva de no normalizar aquellas conductas que la preceden.
Porque muchas veces hablamos de violencia como si apareciera de repente, como si un día alguien se levantara y, sin ninguna señal anterior, decidiera convertirse en una persona violenta.
Pero la realidad es bastante más incómoda.
Hay comportamientos que se normalizan, hay insistencias que se disfrazan de interés, hay celos que se venden como amor, hay controles que se justifican como preocupación, hay comentarios que se dejan pasar porque "es su forma de ser" y hay incomodidades que aprendemos a soportar porque no queremos parecer exageradas.
No digo que podamos predecir una situación como la que ocurrió ayer, no creo que sea justo mirar hacia atrás y pensar que todo estaba escrito de antemano o que alguien necesariamente tenía que haberlo evitado.
Pero sí creo que podemos aprender a no minimizar las señales que aparecen en nuestra vida cotidiana.
A escuchar a una compañera cuando dice que algo no está bien, a no convertir su incomodidad en un chiste, a no pedirle que sea ella quien se adapte y también a exigir que las instituciones hagan su parte.
Porque si una facultad es el lugar donde estudiamos, también debería ser un lugar donde podamos sentirnos protegidas.
No solamente después de que ocurre algo grave.
Antes.
La prevención también importa, los protocolos importan, que una denuncia sea escuchada importa, que una estudiante sepa a quién acudir importa, que existan espacios donde pueda hablar sin sentir que nadie le va a creer importa.
Y quizás ayer, entre todos los mensajes que circularon, las fotografías, los audios y las preguntas, también apareció algo que no deberíamos perder de vista:
la comunidad.
Porque sí, hubo curiosidad, hubo información que probablemente nunca debería haber circulado, hubo personas intentando entender qué había pasado a partir de fragmentos.
Pero también hubo estudiantes preguntando si la chica estaba bien, personas intentando acompañar, gente preocupándose por compañeros.
Y hoy hay estudiantes que están diciendo que esto no puede simplemente quedar atrás.
Creo que eso también importa.
Porque una comunidad universitaria no debería aparecer solamente cuando hay que rendir un examen, presentar un trabajo o reclamar por una fecha, también debería existir cuando uno de los nuestros está atravesando algo terrible. No conocemos a todas las personas con las que compartimos una facultad, probablemente nunca sepamos sus nombres, pero durante años caminamos por los mismos pasillos, y hay algo extraño y triste en descubrir que, mientras para nosotros una tarde cualquiera podía ser solamente una tarde cualquiera, para otra persona ese mismo lugar podía convertirse en el escenario de algo que le cambiaría la vida.
Por eso no quiero olvidar lo que pasó ayer.
No quiero que quede reducido a una noticia que vimos durante unas horas, que comentamos en WhatsApp y que después desapareció debajo de otras noticias.
Quiero que quede la pregunta.
¿Qué estamos haciendo para que nuestras facultades sean espacios realmente seguros?
¿Qué hacemos cuando una compañera nos dice que algo no está bien?
¿Qué hacen las instituciones cuando alguien pide ayuda?
¿Y cuánto estamos dispuestos a cuestionar esas pequeñas cosas que durante tanto tiempo aprendimos a considerar normales?
Porque quizás la seguridad no debería ser algo que reclamamos solamente después de que ocurre una tragedia.
Y entonces me aparece una pregunta que no puedo dejar de pensar:
¿Qué seguridad le estamos dando a las gurisas si un agresor puede entrar a su salón de clases y atacarlas?
Hace un tiempo leí una frase que se me quedó grabada: que lo único que nos separa de las víctimas es la suerte.
Y cuanto más pienso en eso, más incómoda me resulta.
Porque es muy fácil pensar que estas cosas les pasan a otras personas, a alguien que tuvo mala suerte, a alguien que estaba en el lugar equivocado o que conoció a la persona equivocada, pero también podríamos haber sido nosotras, podría ser una compañera de nuestro salón, alguien con quien compartimos un pasillo, una clase, un grupo de estudio, alguien a quien saludamos todos los días sin imaginar que ese saludo podría ser parte de una historia completamente distinta.
Durante mucho tiempo nos enseñaron a cuidarnos en la calle: mirar quién viene detrás, avisar cuando llegamos, no caminar solas por determinados lugares. Ahora parece que también tenemos que pensar con quién cursamos, con quién compartimos un salón, a quién saludamos.
Y no debería ser así.
La responsabilidad de prevenir la violencia no puede recaer siempre sobre quienes podrían ser sus víctimas.
Y entonces aparece la otra pregunta: ¿qué respuesta nos están dando las instituciones?
Porque resulta difícil aceptar que, después de algo así, la solución pueda resumirse en "está bien, tomate la tarde libre, pero mañana volvé".
Sobre todo cuando hemos visto suspender clases por situaciones muchísimo menores.
¿De verdad esperamos que después de unas horas todo vuelva a sentirse normal?
No estamos hablando solamente de recuperar una clase, estamos hablando de una estudiante atacada dentro de su lugar de estudio, de una comunidad que tiene que volver a entrar a ese mismo edificio al día siguiente y actuar como si el miedo pudiera desaparecer porque terminó la jornada.
Y ahí es donde siento que muchas veces fallamos.
Porque nunca parece haber una respuesta que esté a la altura.
Hay un comunicado, hay unas palabras de condena, hay un "hecho desgraciado" y después, con suerte, unos días de conversación.
Pero la vida continúa.
La víctima se queda con lo que le pasó, las demás quedamos con la pregunta de qué habría pasado si hubiéramos sido nosotras.
Y esa pregunta no debería tener como única respuesta la suerte.
Tampoco debería ser necesario esperar a que ocurra algo así para hablar de prevención, de violencia de género, de protocolos o de seguridad, porque la violencia no empieza necesariamente el día en que ocurre una agresión, también está en aquello que aprendimos a minimizar: la insistencia, los celos, el control, los comentarios que incomodan, las conductas que alguien señala y que enseguida son justificadas con un "es así".
No significa que podamos predecir una tragedia ni que todo comportamiento incómodo conduzca inevitablemente a ella, pero sí significa que deberíamos poder escuchar antes de que sea demasiado tarde.
Y hay algo más que me cuesta dejar afuera.
Cuando pasan estas cosas, ¿quiénes son las que hablan?
Las que comparten, las que difunden, las que suben historias, las que ponen el tema sobre la mesa, las que se organizan, las que dicen que esto no puede seguir siendo normal.
Una y otra vez, mujeres.
Y después aparece el comentario de siempre.
El capo cómico, el chiste de mierda, el "se pasan cinco pueblos", el "se van de mambo con el feminismo".
Como si indignarse fuera el problema, como si pedir que una mujer pueda estudiar sin miedo fuera una exageración. Y así se vuelve a repetir la misma dinámica: las mujeres alertando, acompañándose y tratando de cuidarse, mientras el resto observa hasta que la noticia deja de ser nueva.
Eso también es parte del problema, porque no quiero que nos acostumbremos, no quiero que estudiar implique aprender a identificar de quién tenemos que cuidarnos, no quiero que la respuesta frente a la violencia sea que las mujeres tengamos que ser más cuidadosas, más desconfiadas, más precavidas. Quiero poder entrar a una facultad pensando en una clase, en un parcial, en una entrega, quiero que una compañera pueda decir que algo la incomoda y que sea escuchada, quiero que las instituciones entiendan que la seguridad de quienes estudian ahí no es un detalle secundario ni algo que se atiende después de una tragedia, es parte de su responsabilidad.
Porque ayer fue una estudiante de Medicina.
Pero mañana podría ser cualquiera.
Y quizás eso sea lo más difícil de aceptar: que no siempre hay una diferencia enorme entre "ellas" y "nosotras".
A veces solamente hubo suerte.
Y una institución que realmente quiera cuidar a sus estudiantes debería hacer todo lo posible para que nuestra seguridad no dependa de ella.
Y volviendo al tema principal, hay algo que me cuesta todavía más entender.
El decano de la Facultad de Medicina pretende que hoy las estudiantes vuelvan a sus salones, que vuelvan a caminar por los mismos pasillos, a sentarse en las mismas aulas, a continuar con sus clases, como si unas horas fueran suficientes para separar lo ocurrido de nuestra realidad, como si pudiéramos pasar por el lugar donde ayer ocurrió un hecho de violencia extrema y simplemente hacer de cuenta que no pasó nada.
Porque, según sus palabras, fue un "hecho desafortunado".
Y quizás sea justamente eso lo que más me indigna.
Llamarlo desafortunado parece casi una forma de quitarle peso: una tormenta es desafortunada, que se rompa una cañería es desafortunado, que se suspenda una clase por un problema edilicio es desafortunado.
Pero que una estudiante sea atacada dentro de su propia facultad no es simplemente mala suerte, no es un inconveniente de la jornada, no es algo que pueda resolverse cerrando las puertas unas horas y volviéndolas a abrir al día siguiente.
Es violencia.
Y ocurrió dentro de una institución que tiene la responsabilidad de cuidar a las personas que la habitan.
Entonces, ¿cómo se supone que volvamos?
¿Cómo se le pide a una estudiante que atraviese nuevamente ese pasillo, entre a ese edificio y se siente en un salón como si el miedo pudiera quedarse afuera? ¿De verdad creemos que después de una tarde todo vuelve a la normalidad?
Porque las paredes pueden seguir exactamente en el mismo lugar, los horarios pueden continuar siendo los mismos y las clases pueden retomarse, pero para quienes estuvieron ahí la normalidad ya cambió.
Y eso debería importar.
No solamente por la estudiante que fue víctima, sino por todas las que hoy tienen que preguntarse si realmente están seguras dentro de su propia facultad.
Nos dicen que hay que seguir.
Siempre hay que seguir.
Pero seguir no debería significar hacer como si nada hubiera pasado.
A veces seguir también significa detenerse, mirar lo que ocurrió y preguntarse qué falló: qué se podría haber hecho, qué se va a hacer ahora.
Qué garantías tenemos de que mañana, si vuelve a ocurrir una situación de violencia, la respuesta no va a ser nuevamente pedirnos que nos tomemos la tarde libre y que al día siguiente volvamos a clase. Porque si la respuesta institucional es esa, entonces la pregunta deja de ser solamente "¿qué pasó ayer?"
Empieza a ser:
¿qué va a pasar cuando nos vuelva a tocar?
Porque ayer fue una estudiante de Medicina.
Pero mañana podría ser cualquiera.
A veces solamente hubo suerte.
Y yo no quiero que nuestra seguridad dependa de tenerla.
No quiero que tengamos que cruzar los dedos cada vez que entramos a un salón, avisar que llegamos bien, mirar quién camina detrás nuestro o aprender a reconocer señales de peligro como si fueran parte del programa de estudios.
Quiero algo mucho más simple que eso.
Quiero que podamos estudiar.
Que podamos volver a casa.
Que podamos ocupar un espacio sin sentir que tenemos que estar permanentemente preparadas para defendernos.
Y quizás pedir eso no debería ser considerado una exigencia demasiado grande.
Debería ser lo mínimo.
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